According to my recollection, there wasn’t a single book in my house growing up. The only book I recall seeing—when I was already beyond childhood—was an old English-Spanish dictionary and an illustrated bible for adolescents, which, if I recall correctly, was missing its cover and had dog-eared pages.
So I’m not sure where my tremendous appetite and great love for books came from. I read books for pleasure, no matter the subject: math, history, religion—they all give me great pleasure, and I submerge myself for hours and days in their pages, studying a subject without the obligation of doing so for a test or a class. My intention isn’t to prepare for a university admissions test or for work.
The ability to travel to other places and to know other histories is both refreshing and strengthening. When I travel in the city, I’m always accompanied by at least one book… usually two. I recall a time when I encountered a friend I hadn’t seen in many years, who said that the first image that came to his mind when he thought of me was a book. “Surely you’re a professor of something!” he said. Well, not exactly… I don’t have to teach anyone anything.
A few weeks ago, I got together with some friends. In their work and in their spare time, the computer is their inseparable companion, just as a book is for me. In one of our conversations, they argued that computers—and the Internet in particular—had given the kiss of death to the written word and the book industry. They went on to profess the innumerable benefits of the Internet, citing that it was better for the environment and for trees, was more democractic, more accessible to the people, more convenient, etc.
As they talked with such certainty, confidence, and determination, I was consumed by each blow they were giving to books, to my books, to paper. It was a surprise attack, and it took some time for me to recover before I could defend against it. I felt like a lawyer must feel before a judge when incriminating evidence is introduced at the last minute. I had to look for a defense while walking from one side of the courtroom to the other. My mind wandered at an extraordinary rate, looking for satisfactory evidence to save the book. I knew that books were at risk because of people like my friends.
“That will never happen!” I told them.
“It already is,” they replied. “Look how many newspapers have gone under. You don’t see that newspapers are online because nobody buys them!”
That was the spear that pierced my vital organs. “Yes, yes, but…” I said, fumbling for words.
They’re young, in their 20s, born and raised in the cyberage, with different concepts of books. All the information they want is at their fingertips, on their computer screens, whether at home or outside.

I think back to my experience in my old school. I remember seeing the writings of Che and copies of Jose Marti’s writing in Havana. The letters of Frida Kahlo to Diego Rivera in Mexico City. Post cards and photos of Pablo Neruda, with his own signature, in the house of a friend in Puerto Rico. Letters, notes, and documents of Bolivar in Colombia. Kerouac’s “On the Road” manuscript in New York. And many more….
It’s true that you can find all these online, but you won’t get the same feeling as will come over you when you’re standing face to face with the original. You can see the stains, erasures, the creative process of the writer right in front of your eyes. There’s something indescribable in the experience of paper and ink. There’s something of intrinsic value in the printing of words on paper. Perhaps that’s why it was so important for me to get copies of The New York Times when Barack Obama was elected president. I wasn’t satisfied with simply keeping a copy on my computer’s memory.
After exchanging so many ideas, we all agreed that paper and computers serve different functions. We decided that some things will change, while others will remain with us for posterity.
Before parting, we assured one another that our friendship would last for many more years, that we’d always continue to look for a way to get together and share the same spirit of joy, but I wanted to ask just one favor. “What is it?” they asked. “Whatever happens,” I said, “just don’t send me an e-card! I detest them!”
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Que yo recuerde en mi casa de nino no encontre ni un libro. De hecho, el unico libro que recuerdo haber visto despues de grande fue un viejo diccionario Ingles/Espanol y una biblia ilustrada para adolescentes que si mal no recuerdo sus hojas estaban maltratadas y su caratula desaparecida.

No se por donde me viene ese tremendo apetito y ese amor tan grande por los libros. Leo los libros por placer, no importa el sujeto que este trate: matematicas, historia, religion, todos ellos me dan un profundo placer y me sumerjo por horas y dias estudiando el sujeto sin que tenga que estudiarlo para un examen o un trabajo de clase. No intento prepararme para un examen de ingreso en la universidad y mi trabajo no se relaciona con nada de esto remotamente.
La habilidad de viajar a otros lugares y conocer otras historias es tan refrescante y fortalecente a la vez. En mis viajes diarios por la ciudad los hago siempre acompanado de un libro o a veces dos para ser exacto. Recuerdo que una vez un amigo que hacia mucho tiempo que no veia me recordo en Nueva York que cuando se recordaba de mi lo primero que le venia a la mente era la imagen de un libro y me comento que ya a estas alturas deberia ser profesor de algo! Bueno, no exactamente, no le tengo que ensenar a nadie.
Hace algunas semanas me reuni con unos amigos que en sus tiempos libres y en su trabajo la computadora es un companero inseparable de la misma manera que el libro es para mi. Recuerdo que en una de las conversaciones que tuvimos mencionaron que las computadoras y el internet en especial le habian dado un golpe de muerte a la prensa escrita en papel y la industria del libro. Pasaron a profesar los incalculables beneficios de la red electronica, citando que era mejor para el medio ambiente, los arboles, mas democratico, mas accesible a las masas, conveniente, etc.
De hecho mientras ellos hablaban con tanta firmeza, confianza y determinacion yo me iba consumiendo con cada punalada certera que les daban al libro, a mi libro, al papel. Fue un ataque de sorpresa que me tomo tiempo en recuperarme para defenderlo. Me senti como se siente un abogado ante un juez cuando a este le introducen evidencias incriminatorias que le fueron escondidas hasta el mismo dia del juicio final. Tenia que buscar una defensa mientras caminaba de un lado a otro en la sala de juicio. Mi mente vagaba a una velocidad extraordinaria para buscar una evidencia satisfactoria que salvar al libro, al papel. Sabia que era en personas como mis amigos que todo lo que se habia hecho en papel hasta hoy estaba en peligro!
-Eso nunca va a pasar!-les dije.
-Ya esta pasando- fue su respuesta. -Mira cuantos periodicos se ha ido a la quiebra. Tu no ves que los periodicos ahora estan en la red porque nadie los compra!- Ese fue un lanza que me atravezo los organos vitales con un certero disparo. Si, si pero…..les dije mientras me recuperaba.
Ellos son jovenes, en sus 20 a mas decir, crecidos en la cibernetica con diferentes conceptos del libro. Todas las informaciones la tienen en la punta de sus dedos y en la pantalla de su computadora, en su casa, o fuera de ella. Yo pienso en mi experiencia con la vieja escuela. Recuerdo haber visto la muestra de los escritos del Che y copias de Jose Marti en La Habana, las cartas de Frida Kahlo a Diego Rivera en La Ciudad de Mexico, postales y fotos de Pablo Neruda con su firma original en casa de un amigo en Puerto Rico. Cartas, notas y documentos de Bolivar en Cartagena, el manuscrito de Jack Kerouac cuando escribio “On the Road,” entre muchos mas.
No es menos cierto que todos estos los podrias obtener en la red, pero no obtendria esa sensacion de estar frente a frente con la original, poder ver las manchas, los borrones, el proceso creativo de su creador delante de tus ojos. Hay algo indescriptible en esta experiencia de papel y tinta. Hay algo de valor intrinsico en la impresion en papel. Quizas fue para mi imprescindible obtener copias de “Los Tiempos de Nueva York” en su edicion en papel de la victoria de Barack Obama. No me conformaria yo en guardarla en la memoria de mi computadora.
Al final de tantas ideas, acordamos todos que los dos cumplen funciones diferentes. Decidimos que algo va a desaparecer pero otras se quedaran con nosotros para la posteridad. Les deje saber a manera de cierre que nuestra amistad seguiria por muchos mas anos y que estaria siempre buscando una manera de reunirnos de nuevo con el mismo espiritud alegre y jovial pero, le pedia una sola cosa de favor- Que es?-me preguntan- -Que pase lo que pase no me envien una postal electronica; que a estas las detesto!-
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